Memoria y esperanza profética

A un año de luto y de lucha

Nuestra marcha se ha vuelto profecía;
nuestra memoria colectiva, un lugar para la esperanza.

Por: Claudio Alonso Murrieta Ortiz*

I. Presencia solidaria
Estos pies cansados, estos corazones abatidos, las manos que se alzan, nuestras voces y silencios, los corajes e impotencias, las ausencias y vacíos, los reclamos y cuestiones, las miradas encontradas, esos ojos que se nublan, nuestra indignación y abrazo, ese nudo en la garganta, todo esto que sentimos…, toma cuerpo en nuestro grito  solidario, que quiere ser ahora una humilde plegaria. Es lo que tenemos, es nuestra pobreza, la débil condición que nos hace sentir pueblo.

Hagamos de este acto una plegaria que se eleve y una profecía que se expanda a todas las conciencias, no dudando en que la voz de los pequeños, el clamor de los que sufren, llegan a lo más alto, tengamos presente aquellas palabras que salían desde una zarza ardiendo: “he visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos” (Ex. 3, 7). Este es el fuego que sigue ahí, sin consumirse, calando por dentro y que no nos permite callar ni descansar “hasta que irrumpa la aurora de la justicia y la salvación brille como antorcha” (Is 62 1).

Muchos pueblos se han unido y su voz deja ya de ser un simple eco para convertirse en un claro grito de JUSTICIA con todas sus letras. Acojamos en esta plegaria también el sentir de esas miles y miles de personas que están distantes en el espacios (en otras ciudades, en otras latitudes), pero son prójimos en el momento y en la causa, su corazón también late con el nuestro. Por eso en nuestra plegaria es necesario afirmar: ¡NO ESTAN SOLOS!

Un hombre pobre llamado Jesús, originario del pueblo de Nazaret, a quienes sus seguidores lo hemos reconocido como presencia divina en la historia, nos ha hecho comprender y saber el parecer de Dios sobre sus creaturas: “les aseguro que lo que hayan hecho a uno solo de estos mis hermanos menores me lo hicieron a mi…, lo que no hicieron a uno de estos más pequeños no me lo hicieron a mi” (Mt. 25, 40. 45). Este principio está en nuestra forma de creer la existencia.

Nos sentimos así, Dador de la vida, pequeños… y te sentimos a Ti, uno entre nosotros, como la energía en el coraje, como la ternura en el abrazo, como la pasión en nuestro grito. Te miramos en la fuerza y el calor de esta marcha. Te descubrimos en esa mirada de niño que desarma, en esos ojitos visionarios, desde los cuales nos tiendes Tú los brazos, Dios de mirada tierna y cuerpo débil. Tu presencia va también en la mirada silenciada de un padre y una madre que no puede contener el dolor ante el arrebato de sus hijos. Así recordamos que tu ya pasaste por lo nuestro.

II. ¿Por qué a nosotros?, el tiempo de las preguntas.
Este fue nuestro comenzar de nuevo, las primeras palabras que se empezaban a formar, han sido interrumpidas por la ambición de unos cuantos…, pero esas palabras ya hicieron lo suyo y se han quedado en lo más nuestro, nos ponen en camino, son de tantos y se tejen con otras tantas y al unísono preguntamos ¿por qué?, ¿por qué a nosotros?, ¿Dios, dónde estabas?, ¿por qué nos has abandonado?…

Primero fue asombro y silencio…, mirar hacia lo alto. ¿Qué hacer?, vino de inmediato otra pregunta. Y en eso estamos, buscando respuestas, que sabemos no vendrá de la nada, sino que ya están entre nosotros, esa verdad que campea en nuestro pueblo y que algunos no quieren reconocer: lo sucedido no fue voluntad divina, no fue fruto de la casualidad o del destino, sino que es resultado de una voluntad perversa con nombres y apellidos, para quien todo es negocio, de una economía de mercado, de un sistema idólatra que exige sacrificios humanos de niños, jóvenes, indígenas, mujeres y como clave de su éxito en ellos insaciablemente devora el futuro.

Sabemos con ello que lo que nos ha pasado, pasa en muchos lugares, en muchos rostros: Acteal, Aguas Blancas, Pasta de Conchos, San Juan Copala, Cananea, Ciudad Juárez, los muchos pueblos del norte del país… Queremos aprender de ellos, queremos que nuestro dolor se una y juntos darle paso a la esperanza de una tierra nueva, es ahora más que
nunca que afirmamos: ¡NO ESTAMOS SOLOS!

III. Y si preguntamos es que es tiempo de esperanza.
Al ponernos en camino, en las calles y en las plazas, ha sido para aferrarnos en el derecho a esperar lo justo. Nuestro tránsito por el dolor y la indignación, nos ha colocado en el calvario, junto a la cruz impuesta al inocente, al hijo arrebatado a un padre y una madre; ahí pasamos hambre y sed, incomprensiones y abandonos, calumnias y amenazas…, pero es ahí en la resistencia donde hemos encontrado el consuelo y a alguien a quien entregar  confiadamente nuestras lágrimas.

Nuestro duelo y sus diversas vivencias nos han colocado en un camino no solo de dolor, sino de solidaridad, de toma de conciencia, paz y de perdón. Estamos reaprendiendo a sentir con los demás, a acoger y respetar. Hemos encontrado la amistad y nuevas formas de ser familia.

¿De dónde sale nuestra fuerza?, hemos creído que nos viene de allá arriba, por eso imploramos también la valentía de estar ante nosotros mismos y la humildad para aceptar que no podremos hacerlo todo, de saber que lo que esperamos rebasa en mucho nuestra fuerza, que está incluso más allá de lo que alcanzamos a ver. Es así que nuestra esperanza es ante todo gracia.

Es así que sentimos que se están haciendo realidad las palabras de Jesús a un pueblo que sufre: “bienaventurados los que lloran, porque serán consolados” (Mt. 5, 4). Y nuestro consuelo es la vivencia de la justicia, que está más allá de la aplicación de la ley y del castigo.

IV. Profecía de un futuro que no es nuestro.
¿Qué son nuestras acciones en medio de todo ello?, ante todo testimonio, una pequeña ofrenda en desagravio, una manera de honrar el paso de Dios por esta coordenada de la historia que son nuestros hijos e hijas. Es solo el principio, es solo un minúsculo paso en nuestra Pascua, hacia esa otra historia que queremos sea digna de ser contada. Abrirle paso a la justicia y no dejar que sea “subrogada”. Profecía incomoda será nuestra presencia que reclame un mundo donde sea posible nuestro deseo verdadero: sencillamente seguir amando.

(*) Discurso leído en la Ceremonia Ecuménica el 5 de junio de 2010, en Hermosillo, Sonora, México.

Una respuesta a “Memoria y esperanza profética”

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